
Empiezo por el final porque sigo soñando con la visita del domingo a las islas Columbretes, visita que compartí con Pedro, Greg y Cecilia. La semana ha sido completa, pero ya os iré contando un poco cada día, lo hago al revés, del fin al principio.
La verdad, ha sido realmente especial. La sensación que transmite el mar, la brisa azotando mi rostro, el sol, ver gaviotas volar, libertad, perder de vista el suelo firme y disfrutar del mecer de las olas en la embarcación. El momento emocionante de ¡tierra a la vista! y en el horizonte por fin aparece l´Illa Grossa en primer plano, el faro dándole un encanto que me hace remontar a épocas pasadas, soñar me resulta fácil, el cráter de un volcán...
Para el barco. No pierdo un instante y me lanzo al agua. No puedo describir el precioso fondo marino, la sensación de paz que siento al nadar entre peces de colores. El pensamiento se me va a lo de siempre cuando veo tantas medusas, no lo puedo remediar pero acabo pensando en la sobreexplotación de la pesca, a todos parece sorprenderles la cantidad de medusas que hay pero pocos se paran a pensar porqué están ahí y en todas partes desde que hemos salido de Castellón.
Hay momentos divertidos con Cecilia en los que yo, que hago verdaderos esfuerzos para mantenerme a flote con esas enormes aletas en los pies, intento ayudar a Cecilia en un momento dado en el que dice que se hunde. Bueno, al final abandono porque noto que estoy a punto de sufrir un ataque de risa y eso supone mi naufragio personal. Sobrevivió finalmente. Greg y Pedro están investigando por otra parte, Cecilia y yo queremos pero nos vence el miedo a las posibles picaduras de medusas, se nos empañan las gafas y nos entra agua por todas partes( pequeños pero grandes problemas cuando no se toca suelo ).
Visitamos l´Illa Grossa. Las personas parecen ver sólo inconvenientes, se oyen comentarios de todo tipo: "¡que calor", "cuatro hierbas...". Me sorprende la falta de respeto que observo hacia el medio natural en algunos momentos y sin embargo a mí se me cae la baba, a pesar de que entiendo poco de flora pero sé apreciar que hay algunas plantas realmente curiosas y me limito a mirarlas como si estuvieran protegidas por un cristal en la vitrina de un museo. Siento un poco de envidia sana de los guardas y las guías que viven en la isla durante quince días seguidos hasta que llega su relevo. Me parecen unos verdaderos privilegiados y me cuesta poco imaginarme a mí misma en un lugar así durante una larga temporada...
Disfrutamos de un último baño antes de regresar a la ciudad, un baño en el que acabo recogiendo junto a Pedro servilletas y plásticos que alguien está tirando desde el barco. Pedro me comenta que un niño lleva un palillo para pinchar a los peces y es entonces cuando comprendo que un sitio así debería estar prohibido, hay algunas personas que no merecen disfrutar de los tesoros naturales, lo digo claro, no se puede dañar tan a la ligera un lugar así. Miro por última vez a los peces de colores, uno azul me mira con curiosidad, se acerca a mis piernas, yo también le miro a él y me despido, a mi manera, con el pensamiento intenso. Se encienden motores, nos alejamos de allí y no puedo evitar mirar los islotes como si fuera la última vez que los veo, el tiempo dirá, el tiempo pone todo en su lugar...